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Quisiera ser Romeo.

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Fíjese, dijo el vendedor, seguro hay alguna para usted. El muchacho vaciló unos instantes y aclaró que no quería algo usado. Son flamantes, caballero; respondió el vendedor acentuando una sonrisa edulcorada. Extrañado, el joven consorte preguntó cómo era posible que hubiera una con el nombre de su amada grabado en el interior. Eso no es todo, agregó el dependiente quitándose los anteojos para mirar al tímido joven a los ojos, si el caballero gusta, también encontrará fecha y dedicatoria. ¿Y ella? Inquirió el muchacho con recelo ¿Qué hay con ella? El vendedor se acercó por sobre el mostrador y le dijo casi al oído: ruegue por que coincida, mi amigo. El joven tragó saliva y metió la mano dentro de la bolsa de terciopelo, repleta de sortijas de oro.

Thoughts

Uno. Despertá. ¿Me escuchás? No toques las paredes. Wake up. Let it grow. Don’t let it go. Dos, tres. Caminá. ¿Podés sostenerte? Vas a caer. Don’t cry. Let it happen. Cuatro, cinco. Hablame ¿Qué decís? Ma má. Don’t be afraid. Seis, siete. No pienses ¿Me querés? That man is missing a leg. Ocho, nueve. Trata de dormir ahora. We have each other?

Recreo

Mi hermana se queja con frecuencia de la tendencia a la recreación que, al parecer, tienen las personas. Según ella, es una especie de padecimiento que nos obliga a la añoranza inútil, que nos sume en la mediocridad y nos trae la mímica de lo que ya no es, en su peor forma. ¿Por qué no contentarse con el simple recuerdo? El recuerdo sería mejor que cualquier cosa, o, por lo menos, más útil. Pero recrear, mal que le pese a mi hermana, es todo lo que podemos hacer. Es la cumbre de nuestra materialidad. Recrea el relator de los hechos pasados (de alguna manera todos lo son), en el mismo instante en que los enuncia con pretenciosa novedad. Recrea el predicador la fe de sus fieles en cada ceremonia. El salmón recrea contracorrientes. Recrea el Claro de Luna una tristeza cualquiera. A Cervantes toda la prosa lo recrea. Recreo una ilusión a cada instante. Horizontes recrea el sextante. Un olvido imposible, el mar errante. Imaginemos un mundo en el que la recreación no fuera posible. Donde las...

Era en Enero

Quería escribirte De letras hacerte Descubrirte, describirte Y contarte Que era un día todos los días Si ella te quiere Si ella te ama Allá en Enero Sentada en el verde De piernas cruzadas Te espera callada De risas Y caricias Livianas como el aire Caliente sopla al alba De mi Enero pasado Mi tarde lejana

Nunca

El nunca llega, abre los cerrojos. Descubre las pasiones, delira las bajezas. El festín depravado, que la carne ansía. Muéstrame ese rostro, que por las noches espanta. Dime ese secreto, ya no me engañes. Dime por qué el miedo envenena las caricias. Y de trazo envenenado, de pasado y condena, el nunca llega. Y abre los cerrojos, y corrompe las almas, y desvela el sueño.

El curso de las cosas.

Ego, fatalidad. La posibilidad de volver a atraparlo, de volver a ser. Adamo alzó el animal y se acercó a la popa. El enorme pez parecía un recién nacido abrazado por la muerte. Un hilo de sangre salía de su boca reseca, jadeante. En la madrugada, sin promesas de nuevo día, los protagonistas del final liquidaban sus miserias en cubierta. El sacrificio, inútil. Todo lucha. Dos estrategas solitarios enfrentados pero no diferentes. La luna, robada por Urano. La barca, sin desvíos por Estigia. Todo silencio, Adamo, artífice e instrumento, fin y principio. Extendió sus brazos y la criatura rodó por el vacío hasta caer al agua. Nadie comprendió. Tanto dolor, las manos surcadas de tanza y sudor. El pez boqueó, se retorció, se alejó. – ¡Adamo! – , Gritaron algunos – ¿Qué has hecho? Has tirado por la borda tu gloria, tu felicidad. Adamo le dio la espalda al océano, se puso en cuclillas tomó una tanza, una plomada y se sentó en cubierta a armar una línea.

Precios y valores

Cierta mañana, una señorita entra a una joyería con su reloj averiado y hace la siguiente consulta al dependiente -¿Cuánto costaría reparar este reloj? Le otorga con las dos manos la delicada maquinilla. Se efectúan los análisis del caso con el rigor acostumbrado. Las cejas se ciñen, se exhala con fuerza. Se niega con la cabeza. Se buscan herramientas en cajones atibborrados de objetos de dudosa utilidad. Se espera el veredicto, que llega después de unos susurros. -Y, calcule usted dos o tres versos de algún poema suyo, un recuerdo de la infancia o una tanda de mates en la costa una tarde de verano. La señorita retira su pertenencia y abandona el local indignada. Llega a la esquina de la avenida Independencia, se detiene en el semáforo y piensa que su reloj sigue averiado. Al fin y al cabo, nadie leerá sus poesías y los mates en la costa le vendrían bien para olvidarse de todo.